El capitalismo, ¿amenazado por la economía colaborativa?

Escrito por Rita —  marzo 7, 2014

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Frente a una economía insostenible, la sociedad está intentando establecer nuevas formas de producir e intercambiar valor, pero ¿realmente conseguirá crear vías más abiertas y menos competitivas?

Día sí, día también recibimos noticias que nos apremian a cambiar el funcionamiento del sistema socioeconómico actual. A estas alturas, es innegable que una economía basada en la acumulación de bienes y el crecimiento infinito es insostenible. Por eso, en un mundo en el que las desigualdades económicas son cada vez mayores y en el que el impacto de nuestro estilo de vida hiperconsumista nos está llevando al borde de una catástrofe medioambiental, era solo cuestión de tiempo que cristalizaran formas de reinventar el “mercado”.

En este sentido, el modelo de consumo colaborativo, que se basa en la premisa de que compartir es mejor que poseer, está ganando fuerza. En la actualidad la mayoría de nosotros tenemos cantidad de recursos (coche, herramientas, habilidades…) a los que no les sacamos el máximo rendimiento, de modo que gran parte del tiempo quedan en desuso (por ejemplo, la moto que solo sacamos el fin de semana o la guitarra que solo usamos una vez al año). Compartiendo esos recursos inactivos podemos ayudarnos a nosotros mismos, al que los utiliza, e incluso al planeta.

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Interés a lo largo del tiempo en Google Trends para la búsqueda “Sharing Economy”

No es que sea un concepto nuevo, pero la cuestión es que en apenas un par de años, la economía colaborativa se ha convertido en una alternativa real al modelo que tenemos en la actualidad de comprar, usar y tirar: pese a que muchas iniciativas solo se encuentran en fase experimental, ya han surgido proyectos tan diversos como el coche compartido, el intercambio de casas, el coworking (espacios de trabajo comunes o por horas) o el crowdfunding (financiación colectiva).

Reiniciar el sistema

Las posibilidades que ofrecen la democratización del conocimiento (con las licencias Creative Commons o Copyleft), las redes sociales y las tecnologías (gracias al Internet móvil, la revolución del cloud computing, el surgimiento de las criptodivisas, etc.) nos están ayudando a cambiar nuestro comportamiento como consumidores: la web social ha hecho posible acceder inmediatamente a lo que buscamos y nos está devolviendo poco a poco la confianza entre personas (incluso entre desconocidos). Esto está haciendo que gradualmente volvamos a valorar más el poder acceder a los recursos que el tenerlos, el poder disfrutar de algo que el poseerlo.

“No se trata de una idea endeble, o una tendencia a corto plazo, sino de una poderosa fuerza cultural y económica para reinventar no solo lo que consumimos, sino el modo en que consumimos.”

Rachel Botsman, autora de “What’s Mine Is Yours” (“Lo que es mío es tuyo”)

Pero, dejando de lado el hecho de que la tecnología es lo que le ha dado alas al consumo colaborativo, la razón principal por la que está ganando adeptos es la situación de crisis que vivimos. En tiempos de apuros económicos, mucha gente hace uso de los sitios P2P porque resultan más baratos que los modelos de negocio tradicionales. Para otros muchos, sin embargo, no se trata de ahorrar, sino de usar las cosas de forma inteligente. Por ejemplo, ¿por qué tener una plaza de parking a tiempo completo cuando la mitad del día no está en uso? De hecho, ya existen varias webs como Carpling donde se puede compartir una plaza cuando, por ejemplo, se está en el trabajo.

Sin embargo, no se trata solo de buscar eficiencias o sacar partido de incentivos financieros. Los motivos van mucho más allá, a «la necesidad de “reiniciar el sistema” con los nuevos valores», como dice Luís Tamayo, analista de tendencias sociales y de consumo, en una entrevista en El Mundo. Si no, ¿cómo se explica que la gente participe igual cuando las iniciativas se tratan de puro intercambio o acciones gratuitas?

En realidad, según este estudio realizado por Campbell Mithunlos beneficios emocionales se encuentran entre los motivos principales por los que la gente participa en la economía colaborativa:

Sentimiento de generosidad: “Puedo ayudar, tanto a otros, como a mí mism@”.

Comunidad: “Me siento apreciado y parte de un grupo”.

Estilo de vida: “Soy listo”.

Estilo de vida: “Soy más responsable”.

Cultural: “Soy parte de un movimiento”.

El boom de la economía colaborativa

“La tendencia es clara: el acceso supera a la posesión.”

Kevin Kelly, fundador y director ejecutivo de la revista Wired, 2009.

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Algunas voces destacadas aseguran que el movimiento de consumo colaborativo podría convertirse en el legado más perdurable de la recesión que aún vivimos. Una transformación de valores que nos llevará a ir abandonando la idea de acumular cosas por la de usarlas cuando las necesitemos.

De hecho, este cambio fundamental en la manera de obtener lo que necesitamos ya se está traduciendo en una pérdida de ingresos para las empresas tradicionales. Y para muestra, un dato: al inicio de 2012, AirBnB, una comunidad online donde la gente alquila su casa a turistas, ofrecía 120.000 habitaciones; un año después eran 300.000 y, a principios de 2014, ya ofrece 500.000. Según un estudio de la Boston University, un aumento del 1% en la oferta de Airbnb se traduce en una caída de ingresos del 0,05% en el sector hotelero.

Por eso no es de extrañar que los operadores tradicionales también se estén involucrando en la economía colaborativa. Avis, una de las compañías de alquiler de coches más grande del mundo, ya participa de una empresa rival del sector colaborativo. Lo mismo ocurre con GM y Daimler, dos fabricantes de automóviles. «La economía colaborativa es una tendencia real. No creo que se trate de una moda pasajera», afirma Joe Kraus, uno de los socios de Google Ventures, que ha invertido en RelayRides, SideCar y Uber, sitios para compartir coches. De hecho, Google es el principal inversor de este mercado, que ya ha atraído más de 2.000 millones de dólares de fondos de capital de riesgo.

En el pasado, las nuevas formas de hacer las cosas no han desplazado del todo a las viejas. Pero casi siempre las han cambiado. Del mismo modo que las compras por Internet obligaron a los supermercados a adaptarse, el consumo colaborativo sacudirá nuevos sectores de la economía, como la banca.

“Las empresas que quieran sobrevivir y prosperar en pleno auge del consumo colaborativo tendrán que adaptarse a un mundo como debería ser e inevitablemente será: socialmente sostenible, cooperativo, inclusivo, p2p, local, descentralizado y equitativo en términos de beneficio. No hay alternativa viable. Los viejos modelos basados en el control, la gran escala y proteccionismo han fallado. Las empresas no pueden actuar como monolitos, grandes máquinas centralizadas para la generación de beneficios. Al contrario, deben ser integradoras, crear valor compartido y mejorar en un periodo de cambio radical”.

Simone Cicero en su blog Meedabyte

Colaboración en todos los sectores

Cierto es que hay muchísimas redes (en ocasiones llamadas peer-to-peer o P2P, que viene a significar “de igual a igual”) que fomentan el trueque o intercambio totalmente gratuito. Por ejemplo, Mixcloud o Grooveshark para escuchar música o Couchsurfing.comBeWelcome o MeetURplanet para encontrar a alguien que te deje quedarse en su casa (y hasta te lleve a conocer la localidad durante la estancia). De hecho, a nivel local hay una gran cantidad de acciones de este tipo, como Truequebook, un portal español para intercambiar material escolar; Foodsharing, una plataforma alemana que hace posible que consumidores, productores o vendedores compartan comida que les sobra; o Freecycle, una web donde cualquiera que tenga algo que ya no use puede donarlo de forma gratuita a cambio de que pasen a recogerlo.

Sin embargo, también han surgido otras tantas iniciativas que han empezado a monetizar cosas que nunca antes se había imaginado, convirtiéndolas en auténticos nichos de mercado: en España, por ejemplo, Grownies hace posible comprar o vender lotes de ropa de bebé de segunda mano por poco menos de 16 euros. En Australia, ya hay quien alquila el taladro que no usa por 10 dólares al día en webs como Rentoid, mientras que en Estados Unidos hay incluso quien hace de canguro perruno a través de páginas como DogVacay.

Un dato curioso: parece que el intercambio de dinero repercute en la cultura que se forma entorno a estos sitios. En una entrevista en Mashable, Adrián Manzano, un fotógrafo y usuario avanzado de redes P2P como SnapGoods, Couchsurfing, Airbnb y Craigslist decía al respecto: «La gente que hace Couchsurfing tiende a ser muy liberal, hippy, libre, tipo Burning Man. En Airbnb, encuentras gente más “normal”, que solo busca ganarse un dinerillo o ahorrárselo».

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Antes incluso de que existiera el dinero, los humanos ya nos dedicábamos al intercambio de bienes y servicios. Ahora, la tecnología está volviendo a dar rienda suelta a nuestros ancestrales instintos transaccionales. Solo que esta vez lo podemos hacer a gran escala: como “consumidores”, tenemos la ocasión de crear un nuevo mercado. Y lo estamos haciendo, ya sea por ahorrar, ya sea por cambiar nuestra forma de vida. Pero, ¿sabremos aprovechar esta oportunidad y no dejar que también la corrompan?

Foto: Ben Grey.

Rita

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