Por qué el espionaje online no es un problema político, sino económico

Escrito por Pablo —  marzo 22, 2014

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Seguir a alguien a través de su teléfono móvil es 60 veces más barato que utilizar un “busca”, y 150 veces más barato que hacerle un seguimiento en coche

La senadora demócrata Diane Feinstein se ha convertido en el blanco de todas las bromas, por lo menos en Estados Unidos. Hace diez meses, en su calidad de Presidenta del Comité de Inteligencia del Senado, Feinstein se erigió como una de las más abiertas defensoras de la NSA, a medida que se iban viendo expuestos por el ex-agente de la CIA Edward Snowden. Según Feinstein, “Es lo que se llama proteger América.” Simple y llanamente.

Lo que Feinstein no esperaba era que los espías estadounidenses se introdujeran en su propio ordenador y robaran sus documentos. Más concretamente, y según Feinstein, alrededor de 920 “documentos o páginas” relativas a las torturas de la CIA a más de cien dirigentes de al Qaeda. La reacción de Feinstein habría hecho sentir orgulloso a cualquier activista de la libertad de expresión: pronunció un apasionado discurso en el Senado denunciando la operación de la CIA. La CIA reaccionó de un modo que, a su vez, hizo a Feinstein sentirse orgullosa un año antes, en 2013: lo negaron todo. Sin embargo, se trata de un asunto grave dado que la CIA tiene prohibido por ley el espionaje dentro de los Estados Unidos.

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Miembros del Parlamento Europeo muestran caretas de Snowden en muestra de solidaridad

Tener al cazador cazado es una especie de justicia poética, pero este episodio revela, una vez más, que el concepto de privacidad no existe en Internet.

A principios de marzo, fui educadamente requerido a dejar mis gafas en manos de otra persona, nada menos que en la South By Southwest Interactive Festival (SXSWi) en Austin (Texas), supuestamente, la capital mundial de lo “guay”.  La solicitud tenía como objetivo la búsqueda de cualquier dispositivo espía, después de que hubiese pedido ver el interior de una avanzada impresora 3D (mis gafas no tienen dispositivos de grabación y, sin ellas, no distingo una impresora 3D de una máquina de café, así que, una vez revisaron que no albergaban ningún dispositivo, me las devolvieron).

El espionaje online no solo es fácil, sino terriblemente barato.

Y en él, la anécdota de las gafas y las apopléjicas revelaciones de Feinstein son solo un ejemplo. Si el concepto de privacidad no existe en la red, tiene poco que ver con la supuesta “malicia” de los gobiernos, y mucho más, con algo más mundano de las esquinas. Este es un ejemplo: “Realizar un seguimiento durante veintiocho días a través del teléfono móvil cuesta una media de 1’30€ al día (con los tres principales operadores americanos). Usar un “busca” en el mismo período de tiempo es casi sesenta veces más caro, mientras que un seguimiento en coche es más de 150 veces más caro”.

Este cálculo lo ha realizado el experto en seguridad Ashkan Soltani y el Director de el Instituto de Tecnología Abierta del think tank en Washington DC de la New America Foundation, Kevin Bankston, en un artículo publicado en la Revista de Derecho de la Universidad de Yale. Drew E. Cohen, un ex empleado del Presidente del Tribunal Constitucional de Sudáfrica, ha estimado que la NSA le cuesta a cada contribuyente americano solo 412 euros al año. Esto sólo significa unos 4 céntimos de euro cada hora por contribuyente.

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Durante siglos, fue complicado asumir el coste económico del espionaje. De acuerdo con estimaciones de Cohen, en el siglo XIX se necesitaban diez policías para seguir a un sospechoso en las áreas urbanas más importantes de Estados Unidos; en los años 40 “la misma tarea todavía requería ocho oficiales en cuatro coches de policía.” Hoy en día, el control de la actividad de esa persona a través de su teléfono móvil es prácticamente gratuito. Las economías de escala de internet lo han cambiado todo. Con las tecnologías actuales, una vez que la infraestructura está instalada, el coste marginal de vigilar a un sospechoso o a 10.000 es prácticamente nulo. Pero los avances tecnológicos van mucho más allá de Internet: desde cámaras de vigilancia para lectores de matrículas, las nuevas tecnologías reducen constantemente los costes de saber quién es quién.

Además, la doctrina jurídica americana en este campo es, en el mejor de los casos, caótica. La Cuarta Enmienda de la Constitución de los EE. UU establece “el derecho de las personas a la protección de sus personas, casas, documentos y efectos contra registros, incautaciones y allanamientos irrazonables.” El mal, por supuesto, está en los detalles. Hace dos años, en el caso Estados Unidos contra Jones, la Corte Suprema de Justicia tuvo que hacer frente a los aspectos prácticos de esta declaración en el siglo XXI. El caso giraba en torno a la instalación de un dispositivo GPS en el coche de un traficante de drogas, Antoine Jones, por parte de la policía de Washington DC. A pesar de contar con una autorización, la policía excedió la cantidad de tiempo que el dispositivo podía permanecer en el coche. Después de cuatro semanas, pudieron detener a Jones y acusarle de la venta de 50 kilos de cocaína. Jones fue condenado a cadena perpetua, pero la Corte Suprema dictaminó que vigilar sus actividades durante cuatro semanas fue más allá de lo razonable. Por ello, Jones fue puesto en libertad. Pero la Corte enmarañó su propia decisión, ya que el límite más preciso de lo que es “razonable” y lo que no fue, simplemente, que “la línea fue sin duda cruzada antes de la marca de las cuatro semanas.”

“Cuando se redactó la constitución, [el espionaje] tenía un enorme coste económico y ciertas tecnologías eran prohibitivas, no sólo desde el punto de vista jurídico, sino también desde el punto de vista financiero. Desde la década de 1970, sin embargo, estas tecnologías son cada vez más baratas, y ahora, con los productos de consumo masivo como las gafas de Google, nosotros, los ciudadanos, tenemos la opción de grabar a gente.”

Drew E. Cohen en una entrevista telefónica el 16 de marzo

Los cambios sociales agravaron la falta de privacidad. En la década de los cincuenta, durante el “Terror Rojo”-cuando Estados Unidos vivió en la paranoia de la conspiración comunista de la URSS para apoderarse del país-, el público estadounidense luchó con uñas y dientes mantener las actas secretas de las bibliotecas públicas. Sin embargo, tras el 11 de septiembre, la US PATRIOT Act dio al Gobierno autoridad para buscar esos registros. Hoy en día las personas anuncian sus lecturas en Twitter, Facebook y Goodreads. “Ha ocurrido lo mismo con las empresas. Hasta 1960, existía un fuerte movimiento para mantener a las empresas fuera de nuestra vida privada. Hoy en día, ya no”, explica Cohen.

Por último, está el componente macroeconómico. Tal y como ha explicado el Policy Executive Research Forum (Foro de Investigación Ejecutiva Política, una organización que agrupa a los jefes de policía EE.UU), en tiempos de austeridad fiscal la inversión en tecnología es mucho más atractiva, ya que es más barato que contratar agentes de policía. El problema, una vez más, es quién controla la interminable lista de los dispositivos que están controlando a los ciudadanos, y quién controla a quienes controlan esos dispositivos. Dianne Feinstein, a su pesar, se percató de que no se controla los controladores. Sin embargo, el problema va mucho más allá los políticos, organismos encargados de hacer cumplir la ley y los servicios de inteligencia, y tiene que ver con la economía de la tecnología. Dicho simplemente, espiar hoy en día se ha convertido en algo demasiado barato.

Tan barato, que es irresistible. En la SXSW, un representante de Ghostery me mostró todos los elementos que están recogiendo información de la página de portada de TechCrunch (una publicación americana de tecnología). Un llamativo banner en la parte superior estaba recogiendo esa información, que es gestionada por una filial del gigante de internet AOL. Twitter, Facebook y Linkedin también recogían datos a través de sus iconos. La lista seguía y seguía, hasta alcanzar la cifra de 17 sitios que estaban recabando datos de la página de portada de TechCrunch.

Por lo tanto, si incluso empresas pequeñas con presupuestos limitados pueden obtener una cantidad nada desdeñable de datos, ¿qué cabe esperar de un gigante con un presupuesto estimado de diez billones de dólares?

Fotografía: KyzGreensefa

Pablo

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El Mundo's hack in Washington / Corresponsal de El Mundo en Washington. Author of 'El Monstruo. Memorias de un Interrogador'